9 de junio, 2021

Bendición, abejas y cerveza: un caso de consciencia cercana a la muerte y sueños

Benediction, Bees, and Beer: a case of near-death awareness and dreams

“¿Dónde estaba mi padre cuando estaba vivo? Estaba en mi consciencia. ¿Dónde estaba mi relación con él cuando estaba vivo en el cuerpo físico? El amor que sentía, la conexión, el vínculo, todo estaba en mi consciencia. ¿Dónde está él ahora? En mi consciencia.”

— Deepak Chopra

Muchas veces me pregunté qué se sentiría enterarme de que mi padre había muerto. Muchas veces me pregunté si siquiera me avisarían.

Hija ilegítima de una novicia católica y de un hombre casado con problemas de infertilidad —una concepción no tan inmaculada—, por un lado fui considerada un milagro de la vida y, por otro, un desastre natural que lo cambió todo de forma drástica y despertó inseguridad a mi alrededor.

Al reconocerme como su única hija biológica, mi padre me reclamó como suya, me dio el apellido de su padre y registró mi nacimiento. Como amenaza al statu quo, a la imagen pública, a la posición social y a la línea de sucesión, mi existencia debía mantenerse en secreto y el vínculo paterno debía negarse públicamente y con firmeza. Mi relación con mi padre fue, en el mejor de los casos, clandestina: un amor de padre e hija apasionado, ilícito y cargado de anhelo; un amor imposible, poético, existencial, rico en filosofía, arte, belleza y creatividad.  

Hace unos nueve meses empecé a tener sueños recurrentes de despedida con mi padre, con abrazos infinitos y gestos de cierre de distintos aspectos de la relación que habíamos compartido. Sentí una urgencia abrumadora de comunicarme con él de manera más directa. A pesar de mis cartas y mensajes, sus respuestas eran cada vez menos frecuentes. Yo sabía que esto se debía a la condición de su cuerpo, pero ya no era aceptable seguirle el juego a ese murmullo a la distancia que se había vuelto un silencio involuntario. Insistí con mis cartas y mis reportes y, finalmente, hace tres meses, le dieron acceso a un teléfono inteligente.

Empezaron a llegar llamadas erráticas, videollamadas y mensajes de una sola letra, y se volvieron algo habitual. No importaba si tenían sentido o no; por fin estábamos en comunicación. Yo podía mandarle un corazón o la imagen de un atardecer y veía que los recibía. Aunque tengo el teléfono en silencio todo el tiempo, de alguna manera, cada vez que entraba una llamada de mi padre, casualmente miraba el teléfono y la veía, y así podía contestar. Hablábamos de que iría a visitarlo en cuanto volviera de vacaciones, a mediados de mayo.

Los sueños con mi padre continuaron, y un tema general de preparación para el morir y la muerte impregnó mi vida. Prepararme para el morir y la muerte es parte de mis prácticas diarias, pero esto era distinto. Sentía que cada momento era una oportunidad para despedirme de algo o de alguien, incluso de recuerdos y de los sentimientos asociados a ellos. Por primera vez me sentí impulsada a designar a un beneficiario, a un representante para decisiones de salud y a un albacea. El duelo y la aguda anticipación de una gran pérdida eran el ánimo de mis días y mis noches, al punto de que llegué a pensar que tal vez era yo quien realmente se estaba muriendo.

Estando de vacaciones en Puerto Escondido, el 3 de mayo tuve un sueño al que titulé “Liberando a mi padre”. En el sueño estoy dando una capacitación de doulas de muerte y descubro que mi padre está atrapado en un cuarto secreto en el piso de arriba. Busco la puerta secreta mientras le pido a alguien que haga guardia por mí. Tengo que enfrentar a su captor antes de poder liberarlo, cosa que logro, y entonces él declara con alegría que su vida y su legado ya están en orden y que puede irse. Esa misma noche, otro sueño, al que titulé “Señales, gestos y códigos”, me pide que preste atención y aprenda las señales, los gestos y los códigos para poder entender la manera en que mi padre se comunica conmigo.

Once días después de estos sueños, a último momento decidí acompañar a mi pareja y volver a casa por carretera en lugar de en avión, después de tres semanas de vacaciones. Al llegar a la primera parada, San José del Pacífico, una abeja entró al coche y se quedó revoloteando a mi lado derecho. Con suavidad la dejé salir por la ventana. Al día siguiente, 15 de mayo, a último momento decidimos hacer otra parada, en la Ciudad de Oaxaca, un lugar que, según resultó, se ve y se siente muy parecido a mi Viejo San Juan de Puerto Rico, donde mi padre y yo solíamos encontrarnos cada vez que nos veíamos.

Cerca del atardecer en la Ciudad de Oaxaca, mientras mi pareja y yo paseábamos por el andador peatonal recordando Puerto Rico, me invadió una incapacidad de moverme. Un dolor agudo me subió desde los pies hasta el centro del pecho y, mientras intentaba entender lo que estaba pasando, una abeja llegó y revoloteó junto al lado derecho de mi cara, como si me acariciara la mejilla. Tan abruptamente como llegó la sensación, se fue; la abeja se alejó volando y pude caminar con normalidad en nuestra búsqueda nocturna de un restaurante para cenar.

Encontramos el lugar perfecto, la mesa perfecta, y nos sentamos. Antes de que llegara el menú, tuve un pensamiento improbable: de verdad me gustaría tomar una cerveza fría. No he tomado una cerveza en más de 12 años, y nunca me gustó mucho. Pero esa noche la idea de una cerveza me resultaba muy atractiva, así que me di el gusto, y brindamos por nuestra hermosa aventura improvisada.

Nos sirvieron la cena mientras los relámpagos iluminaban el cielo que oscurecía y el viento se hacía más fuerte. En cuestión de minutos, una lluvia intensa ahogó la música de fondo, y cerraron los techos del patio alrededor de un árbol central. Todo en esa escena invitaba a la presencia, a la conexión y a una intimidad profunda. Esa noche la conversación fue rica y emotiva, con el corazón lleno de amor, asombro, aprecio y gratitud.

Paró la lluvia y nos preparamos para cerrar la noche. Mi pareja se levantó para ir al baño y yo miré el teléfono para ver la hora.

22:39.

En cuestión de segundos, veo que entra una llamada. No tengo puestos los lentes, así que por un momento no alcanzo a distinguir si quien me llama es William Roig o Wilma Roig. Es Wilma, mi media hermana, 12 años menor que yo.

El tiempo se distorsiona mientras ato cabos: a mi padre le encantaba una cerveza fría con la comida, la Ciudad de Oaxaca era su lugar favorito de México, no me tocaba a mí estar a su lado cerca del final de su vida, y solo hay una razón por la que mi hermana me llamaría a las 23:39, hora de Puerto Rico.

Entonces, ¿qué se siente haberme enterado de que mi padre murió?

Todos tuvimos un padre, así que, más allá de las circunstancias, nadie carece verdaderamente de padre. ¿Qué significa haber vivido una vida con muy poca presencia física o apoyo de mi padre? ¿Haber vivido momentos de conexión intensos y esporádicos con el hombre que aportó su semilla a la concepción de esta forma de vida y esta existencia? ¿Haber solo anhelado estar en presencia el uno del otro y poder disfrutar el resplandor del reconocimiento entre padre e hija? ¿Qué significa haber percibido tantas veces su olor a Old Spice, a cuerpo y a aliento, incluso estando a 2,250 millas de distancia?

De camino a la última parada, Puebla, antes de volver a casa, atravesamos montañas majestuosas, deshabitadas y sin urbanizar. Durante varias horas, todo lo que vimos, olimos y sentimos fue la pura magnificencia de la naturaleza en estado salvaje. Era un reflejo perfecto de la inmensidad que sentía en el corazón.

Llegamos a casa apenas unos minutos antes de que tuviera que ponerme a trabajar. Corrí a la computadora a preparar el Death Café, y una abeja me esperaba, del lado derecho, en mi escritorio.

Mi padre no estuvo físicamente presente la mayor parte de mi vida, pero siempre estuvo; ya no está aquí, pero sigue aquí. Incluso 25 días después de su muerte, me llegan bocanadas de su aroma.

En memoria de William M. Roig Rivera

31 de enero de 1933 – 15 de mayo de 2021


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