22 de abril, 2019
¿Qué le pasó a mi cerebro?
What happened to my brain?

Como todavía me estoy recuperando del ajetreo de planear, coordinar y producir la conferencia Dreaming & Healing, pensé que bien podría explorar qué le pasó a mi cerebro en el proceso.
A 21 días de que terminó la conferencia, sigo cansada y mi cerebro sigue peculiarmente afectado por la intensidad sostenida —de tareas lógicas y lineales del hemisferio izquierdo, supongo—. Durante la conferencia y después, me ha costado habitar el tiempo, ubicarme en el espacio, orientarme con familiaridad, recordar nombres o seguir el hilo de mis pensamientos, y lo único que quiero es perderme en la experiencia de observar la naturaleza, explorar sensaciones, deambular entre percepciones cambiantes, soñar despierta, dormitar, dormir y soñar.
De manera gradual a lo largo del último año, con más intensidad en los últimos cuatro meses y con mayor ferocidad durante las semanas finales antes de su inauguración, entregué sin límites mi enfoque y mi energía a crear el contenedor para todo lo que sucedió, surgió y se manifestó en la conferencia.
Si bien tenía claro lo que la producción de la conferencia requería de mí, no tenía idea de lo expuesta y desequilibrada que estaría al llegar el 21 de marzo, cuando comenzó la preconferencia.
Vale la pena mencionar que en 2017, en el punto álgido de la producción de la primera conferencia bienal, tuve crisis nerviosas y colapsos emocionales varias veces por semana antes de la inauguración. Tenía miedo, estaba estresada, alterada, agotada, irritable, terriblemente insegura y muchas veces incapaz de mantener la compostura. Me sentía sola y completamente sobrecargada. No contaba con el apoyo de un equipo ejecutivo, aunque Jeremy Taylor y Arne Hook fueron mi apoyo moral, y Rebecca Peterson, Montse Brito y Jeanne Busby se sumaron a ayudar en las últimas semanas.
Sabiendo que en 2017 todo había salido como salió —a pesar de mi desesperación—, pude creer con más facilidad mientras honraba mi humanidad, y el proceso de 2018-2019 fue una experiencia muy distinta. Mi camino estuvo salpicado de milagros e incidentes mágicos que me alentaron constantemente. Me sentí apoyada; hice de la rendición una práctica regular. Confié con fe, y fluí con el proceso con más gracia.
A las 8:00 a.m. del 21 de marzo de 2019, llegué a La Casona, la sede de nuestra conferencia, felizmente falta de sueño, extasiada por estar cerca y en hermandad con nuestro equipo de Dreaming & Healing —queridas amistades y colegas de todo el mundo—, emocionada por descubrir lo que este contenedor revelaría ser capaz de contener. Habiendo completado cada una de mis tareas de producción, respaldada por la luna llena y el equinoccio de primavera, llegué esa mañana dichosamente desarmada.
Aunque fui yo quien sintonizó con el llamado y la idea de esta conferencia, quien asumió la tarea y la responsabilidad de hacerla realidad, nunca me entusiasmó adjudicarme el título de fundadora. Pues bien, al parecer lo soy —la creadora, la iniciadora, quien le dio origen—, y con ello, de forma bastante discutible, al parecer también soy la cara de Dreaming & Healing. Y así, la gente se acercaba a mí pidiendo mi atención, mi reconocimiento, mi validación, que les concediera su pase libre, y algunas personas esperaban de la fundadora de la conferencia cierto aspecto y cierto comportamiento.
Me giraba con lentitud en su dirección, sonriendo y asintiendo, y sintiendo la compulsión de decir “sí” a cualquier cosa que me dijeran. Es decir, hasta que una de mis colegas notó lo que estaba pasando y me pidió por favor que me retirara y me mantuviera lejos de la mesa de bienvenida de la conferencia. Otras colegas, al notar mi desaliño, intervenían con frecuencia para insistirme en que fuera a descansar e intentara dormir.
Conforme pasaban las primeras horas, noté mi gran impulso de estar cerca solo de un puñado de personas, y la creciente necesidad de mi cuerpo de estar sentada o recostada, o directamente de quedarme dormida. La gente se acercaba a mí pidiendo mi atención, mi reconocimiento, mi validación, mi comprensión, y yo observaba cómo se movían sus labios y escuchaba cómo sus voces emitían sonidos. Me encontré respondiendo una y otra vez: “¿podrías repetirlo, por favor?”. Incapaz de procesar realmente lo que me decían, mi respuesta pasó a ser: “Eso no está a mi cargo; por favor habla con alguien en la mesa de bienvenida”.
Cada vez estaba más sobresaltada y aturdida, incapaz de recibir o descifrar mensajes, peticiones o expectativas; perdí todo punto de referencia de mi propia experiencia, y progresivamente fui incapaz de estimar o evaluar las respuestas, reacciones, criterios, etcétera, de otras personas.
Sin embargo, era plenamente capaz de afinar mi atención cuando alguien venía a compartir conmigo algún tipo de vulnerabilidad o emoción que abría el corazón. Podía resonar y vibrar con las sensaciones afectivas que emanaban de otras personas cuando se atrevían a compartir historias conmovedoras sobre los sueños, sobre las pérdidas, sobre el fin de vida. Podía sentir y saber cosas que de otro modo se suponen imposibles. Lloraba con facilidad al compartir un profundo sentido de conexión tanto con amistades como con desconocidos, y me fundía con ellos en abrazos llenos de sentido.
Algo no andaba bien, y aun así me ganó la abrumadora sensación de conexión y unidad. Mirando hacia atrás, ahora me pregunto: ¿se estaba apagando mi hemisferio izquierdo? (Por favor mira Jill Bolte Taylor’s Powerful Stroke of Insight)
Observando objetivamente lo que ocurrió, reconozco que al recibir ayuda y apoyo activo y en persona de mi querida amiga y admirada colega, Karen Herold, y luego la dulce compañía de otras queridas amistades y colegas, Ian McCartor, Sylvia Marroquín, Janosh Chassan, Sakura Nimura, Tariq Nasraldeen, entre otros, mi cuerpo y mi mente se apagaron sin querer, para estar presentes solo en sostener el contenedor de una forma colectiva y no individual.
Con la llegada de esa camaradería y ese apoyo, pude relajarme, rendirme y soltar; mi resistencia bajó, mi sistema inmune se volvió vulnerable —síntomas de bronquitis y laringitis pasaron por mí; un accidente amenazó con fracturarme huesos del pie derecho—, y mi presencia estaba en algún lugar entre los mundos mientras mi cuerpo interactuaba torpemente con y en la realidad consensuada.
Por otro lado, me sentía cada vez más profundamente conectada con la atmósfera, intrínsecamente una con todo, pero no en forma de conceptos, ideas o estructuras. Percibía y experimentaba sentimientos y emociones, no solo los míos, sino los de todos los demás. Percibía información que no llegaba en forma de palabras. Me conmovían profundamente las interacciones humanas, los corazones que se abrían sin querer, y mi propia vulnerabilidad.
Mis acciones y omisiones, mi tránsito por emociones y sensaciones, eran mi manera de navegar esta experiencia desconocida que lo abarcaba todo. Para mi sorpresa tanto como para la de cualquiera, lo único que mi cuerpo sentía que necesitaba, y con lo único que podía conectar, era el descanso y la recarga energética en cercanía con mis seres queridos, antiguos y nuevos, y con una energía sumamente palpable que recorría el espacio a medida que las personas se entregaban al proceso transformador y sanador que se facilitó constantemente a lo largo de la conferencia.
La falta de sueño viene con cuidar de una nueva vida, como ya he mencionado antes. En mi experiencia reciente, esto resultó en un estado de trance extraño que quizás sería mejor mantener lejos de la mirada pública, y aun así, de algún modo, agradezco esta transparencia sin disculpas que fue un poco vergonzosa para mí. También había gran belleza en la vulnerabilidad expuesta y en la crudeza de ese estado.
Sobrecargada y abrumada, conmovida e inspirada, descubrí una capacidad maravillosa para canalizar, contener y sostener; descubrí que mi cerebro, al parecer, se conectaba de otra manera. Funcionando de forma distinta: así es como me estaba ocurriendo y así es como mi cuerpo se adaptaba sobre la marcha a este aspecto imprevisto de la labor.
Todavía estoy saliendo de esa experiencia; estoy aprendiendo lo que mi cuerpo es capaz de sostener, y contemplando cuál es la mejor manera de manejarlo en público. Estoy segura de que lo que mostré en público no reflejaba la expectativa ni la definición de una fundadora de conferencia. Lo admito, no fui del todo elegante, aun sin ofender a nadie; admito que me sentí cohibida, con una mezcla de vergüenza por lo caótico que todo esto se estaba manifestando en mí y a través de mí. En cualquier caso, hice lo mejor que pude con lo que apenas estaba descubriendo sobre mí misma y sobre lo que mi cuerpo y mi mente son capaces de hacer, mientras sucedía.
Es todo un ajuste abrazar todo lo que está sucediendo, surgiendo, cambiando, moviéndose —las prioridades están cambiando, está todo este trabajo con la mortalidad y la muerte, esta exploración constante de la pérdida y la transformación, toda esta curiosidad sobre la vida después de la muerte, todas estas experiencias extraordinarias, aunque extrañas, toda esta apertura a lo que trae la vida sin cuestionarlo, todo este amor, y este impulso hacia lo que me conecta con todo esto y lo nutre—. Y así, avanzo hacia ello, eligiendo vivir cada vez de manera más consciente e intencional en este ciclo de vida-muerte-vida.
Como sabiamente afirma mi querida maestra, la Dra. Clarissa Pinkola Estés: “La perspectiva es una práctica sagrada”.
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Since I am still recovering from the busyness of planning, coordinating, and producing the Dreaming & Healing conference, I figure I might as well explore what happened to my brain in the process.
21 days after the conference has ended, I am still tired and my brain is still peculiarly touched by the sustained intensity—of logical, linear left-brain tasks, I suppose. Through and beyond the conference, it has been hard for me to abide in time, to locate myself in space, to be familiarly oriented, to remember names or follow trains of thought, and all I want to do is get lost in the experience of observing nature, exploring sensation, meandering through shifting perceptions, daydreaming, drowsing, sleeping, and dreaming.
Gradually throughout the past year, more intensely over the last four months, and most fiercely during the final weeks before its inauguration, I gave boundlessly my focus and energy to creating the container for everything that happened, emerged, and manifested at the conference.
While it was clear what the production of the conference required of me, I had no idea how raw and un-poised I would be come March 21st, when the pre-conference began.
It deserves to be mentioned that in 2017, at the peak of production for the first biennial conference, I was having nervous breakdowns and emotional meltdowns several times a week before the conference inaugurated. I was afraid, stressed, freaked out, worn out, irritable, terribly insecure, and often unable to keep it together. I felt alone and thoroughly overburdened. I did not count on the support of an executive team, although Jeremy Taylor and Arne Hook were my moral support, and Rebecca Peterson, Montse Brito, and Jeanne Busby stepped up to help in the final weeks.
Knowing that everything would work out as it did—despite my despair—in 2017, I could believe more readily while honoring my humanity, and the process in 2018-2019 was a very different experience. My path was sprinkled with miracles and magical incidents that encouraged me consistently. I felt supported; I made a practice of regularly surrendering. I faithfully trusted, and I more gracefully flowed with the process.
At 8:00AM on March 21st, 2019, I arrived at La Casona, our conference venue, joyfully sleep deprived, ecstatically in proximity to and in kinship with our Dreaming & Healing team—dear friends and colleagues from around the world—excited to discover what this container would reveal to be able to contain. Having completed every one of my production tasks, backed by the full moon and the Spring Equinox, I arrived that morning blissfully disarmed.
Even when it was I who tapped into the calling and idea for this conference, who took on the task and responsibility of making it happen, I was never keen on owning the title of founder. Well, apparently, I am that—the creator, the originator, the inceptor—and with that, quite refutably, apparently, I am also the face of Dreaming & Healing. And so, people came to me, requiring my attention, my recognition, my validation, my granting of their free pass, and some people expected of the conference founder a certain aspect and behavior.
I sluggishly turned in their direction, smiling and nodding, and feeling the compulsion to say “yes” to whatever they said. That is, until one of my colleagues noticed what was happening, and asked that I please step away and stay far from the conference welcome table. Other colleagues, noticing my dishevelment, stepped in regularly to urge me to go rest and try to sleep.
As the first hours went by, I noticed my great impulse to be in propinquity with only a handful of people, and my body’s growing need to be seated or reclined, or outright dozing off. People came to me, requiring my attention, my recognition, my validation, my comprehension, and I watched as their lips moved and heard as their voices made sounds. I found myself repeatedly responding, “could you please say that again?” Unable to really process what they were saying, my answer became, “I am not in charge of that; please talk to someone at the welcome desk.”
I was progressively startled and stupefied, unable to receive or decode messages, requests, or expectations; I lost any point of reference for my own experience, and I was progressively unable to estimate or assess other people’s responses, reactions, standards, and so on.
I was, however, fully able to hone in when people came to share with me some kind of vulnerability or heart-opening emotion. I was able to resonate and reverberate with the affective sensations emanating from others as they dared to share moving stories about dreaming, about losses, about end of life. I was able to feel and know things otherwise presumed impossible. I cried easily as I shared a deep sense of connection with friends and strangers alike and fell into meaningful hugs with them.
Something was off, yet the overpowering feeling of connection and oneness won me. Looking back now I wonder, was my left brain shutting down? (Please see Jill Bolte Taylor’s Powerful Stroke of Insight)
Objectively observing what transpired, I recognize that upon receiving in-person, active help and support from my dear friend and admired colleague, Karen Herold, and later the sweet company of other dear friends and colleagues, Ian McCartor, Sylvia Marroquín, Janosh Chassan, Sakura Nimura, Tariq Nasraldeen, and others, my body and mind inadvertently shut down, only to be present to sustaining the container in a collective rather than individual way.
With the arrival of that camaraderie and support, I was able to relax, surrender, and let go; my resistance lowered, my immune system became vulnerable—bronchitis and laryngitis symptoms moved through me; an accident threatened the fracture of bones in my right foot—and my presence was somewhere in between the worlds as my body awkwardly interacted with and in consensual reality.
On the other hand, I felt progressively more deeply connected to the atmosphere, inherently one with everything, but not in the form of concepts, ideas, or structures. I sensed and experienced feelings and emotions, not just my own, but everyone else’s. I sensed information that didn’t come in the form of words. I was profoundly moved by human interactions, by people’s involuntarily opening hearts, and by my own vulnerability.
My actions and omissions, my moving through emotions and sensations, was my navigating this all-encompassing unfamiliar experience. As much of a surprise to me as to anyone else, all my body felt it needed and could connect with was rest and energetic recharge in closeness with my beloveds old and new, and with a highly palpable energy that moved through the space as people surrendered to the transformative and healing process that was constantly facilitated throughout the conference.
Sleep deprivation comes with tending to new life, as I have mentioned before. In my recent experience, this resulted in a foreign trance state that would perhaps be best to keep from the public eye, and yet somehow I am grateful for this unapologetic transparency that was a little bit embarrassing for me. There was great beauty too in the exposed vulnerability and rawness of that state.
Overloaded and overwhelmed, moved and inspired, I discovered a marvelous capacity for channeling, containing and sustaining; I discovered my brain apparently wiring differently. Functioning differently, this is how it was happening for me and how my body was adapting on the fly to this unforeseen aspect of the work.
I am still coming out from that experience; I am learning about what my body is capable of sustaining, and contemplating how best to handle that in public. I am sure my public displays did not reflect the expectation and definition of a conference founder. I admit, I was not altogether graceful, even when inoffensively; I admit I felt self-conscious, mixed with embarrassment around how messy this was all manifesting in me and through me. In any case, I did the best I could with what I was only discovering about myself and what my body and mind are capable of as it was happening.
It is quite an adjustment to embrace all that is happening, emerging, shifting, moving—priorities are shifting, there is all this work with mortality and death, this constant exploration of loss and transformation, all this curiosity about the afterlife, all these extraordinary, if odd, experiences, all of this opening up to what life brings without questioning it, all this love, and this impulsive move toward what connects me to and nurtures all of this. And so, I move toward, choosing to live more and more consciously and intentionally in this cycle of life-death-life.
As my dear teacher Dr. Clarissa Pinkola Estés wisely states, “Perspective is holy practice.”
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