21 de noviembre, 2022

Ninguna muerte es en vano: el punto cero

No Death is in Vain: The Zero Point

Hoy es el primer y el último día de mi vida. Cada día es el primer y el último día de mi vida. Cada respiración la primera y la última, cada encuentro el primero y el último. Como dijo alguien cercano hace poco, prácticamente ya estoy muerta, salvo que todavía estoy en este cuerpo.

¿Cómo estoy aprovechando eso al máximo?

Vivir es ser testigos de la consciencia a través de nuestros cuerpos; vivir es una sucesión de muertes que dan lugar a renacimientos de la consciencia en nuestros cuerpos. Vivir es soñarnos despiertos. Y últimamente, todo lo relativo a la vida y al hecho de vivir se revela cada vez más como un sueño de muerte y renacimiento constantes, de despertar una y otra vez en una existencia surrealista, repleta de sincronicidades y encuentros fortuitos cargados de sentido.

Mientras estamos en el sueño, ya sea dormidos o despiertos, tendemos a identificarnos con el ego del sueño, el yo del sueño, y este ego onírico está constantemente evaluando, juzgando al yo, al otro, la experiencia, el contenedor, todo, y perdiéndose el panorama más amplio, el significado más amplio, el propósito colectivo del cual somos una parte igualmente indispensable. Tendemos a pasar por alto la naturaleza esencial de nuestra existencia, la red de vida-muerte-vida que la sostiene, y su absoluta neutralidad.

El ego onírico es nuestro apego a todo aquello con lo que nos identificamos en la vida cotidiana: quiénes creemos que somos, con base en de quién y de dónde venimos, el idioma que hablamos, las culturas que nos han influido, nuestra historia y lo que nuestro cuerpo ha sobrevivido, las historias e interpretaciones de todo eso, los roles que jugamos y hemos jugado, quiénes se nos ha dicho que deberíamos ser o se nos ha llevado a creer que somos, quiénes hemos sido y quisiéramos poder ser.

Pero hay una verdad más grande, que todo lo abarca, sobre quiénes somos, y un punto de observación imparcial, ecuánime, capaz de contenerlo todo. Este es el observador objetivo. Nos permite desidentificarnos, flotar por encima de todo el peso de quiénes y qué creemos ser. Es la muerte del ego onírico, y el alivio de no tener que juzgar, evaluar, lograr, clasificar, calificar, arreglar, resolver, alterar; donde todo simplemente es, perfectamente.

La muerte es el punto de renacimiento; en este punto cero las cosas terminan y llegan cosas nuevas exactamente en el mismo momento. Ahí es cuando el tiempo se desvanece. — Matt Kahn

Últimamente me he maravillado ante fenómenos espontáneos de una importancia esencial para nuestra experiencia humana, entregándome al sueño surrealista, sincrónico y cargado de sentido que es la vida. En este sueño, la muerte y el renacimiento ocurren constantemente, literal y simbólicamente, externa e internamente, personal y colectivamente. Estar en el punto cero donde las cosas terminan y llegan cosas nuevas al mismo tiempo puede ser hermoso, abrumador, intenso, revelador, profundo, dejaándonos poco espacio para la pausa y la integración simplemente porque estamos constantemente en él.

De hecho, si se lo permitimos, es parte de nuestra experiencia humana consciente fluir con la imaginación, estar con nuestra intuición, habitar lo simbólico, y dar sentido al tejido de la vida más allá de las dicotomías de correcto e incorrecto, bueno y malo, luz y oscuridad, positivo y negativo, nacimiento y muerte; lo que nos gusta, lo que no nos gusta; lo que preferimos, lo que no preferimos; lo que elegiríamos, lo que no elegiríamos.

Cuanto más nos soltamos y nos entregamos a ese lugar de la imaginación, de la intuición, de una nueva manera de percibir y dar sentido a las cosas, encontramos alivio en una tercera opción, sin etiqueta, que no es ni buena ni mala, ni correcta ni incorrecta, donde los binarios (esas cosas en las que nos quedamos atorados) ya no tienen relevancia.

Esta es una invitación a jugar ahí y a existir en y a través de ese lugar tanto como sea posible.

Hace varias semanas, durante los días de muertos, estuve en Guatemala durante nueve días con una colega, representando al equipo de EKR México Centro: dando clases, haciendo labor comunitaria, ofreciendo acompañamiento de duelo como voluntaria, y colaborando en el desarrollo del currículo para el programa de certificación de EKR Latinoamérica.

Integrantes de EKR México Centro, de EKR Guatemala, colegas de El Salvador y otras personas invitadas nos hospedamos juntas para la primera Conferencia Internacional de Tanatología, en un entrañable conjunto de casas contiguas donadas que pronto se convertirán en una casa de descanso para hasta 40 personas del interior del país que esperan citas, tratamientos y cirugías en los hospitales de la ciudad.

Algo muerto (como estas casas abandonadas) contiene la promesa de una nueva vida. La nueva vida contiene la promesa de la muerte. Todo lo que comienza termina, y con cada final hay un nuevo comienzo. Hoy es el primer día y el último.

Al pensar así en la vida que engendra la muerte, podemos, y tal vez deberíamos, recordar las vidas de quienes vinieron antes que nosotros, sus luchas, su supervivencia y su florecimiento, como lo que aseguró la tierra que nos sostiene, y que nos permite tener vida y sostener la vida hoy. Porque cuando nos proponemos honrar y celebrar los días de muertos, o al menos intentar comprenderlos y apreciarlos (el 1 y el 2 de noviembre, pero, en realidad, cada día), de verdad debemos recordar que estamos aquí gracias a todo lo que nuestros ancestros, que son generaciones y generaciones de todos nuestros muertos durante millones de años, cuyos restos conforman los suelos de nuestra tierra, lograron sobrevivir.

Al pensar en la vida que evoca la muerte, podemos, y tal vez deberíamos, también pensar y contemplar qué estamos dejando (cómo estamos viviendo) para que otros tengan vida y sostengan la vida ahora y en el futuro.

Un sueño despierto llega para iluminar estas contemplaciones.

Es viernes 4 de noviembre de 2022, en la Ciudad de Guatemala, alrededor de las 5:20 de la mañana. Duermo en una habitación acogedora al final del pasillo, donde el aire y el ruido blanco se combinan para permitir un sueño inesperadamente bueno. Ya estoy despierta, regresando perezosamente a la consciencia de vigilia, hasta que algo me sobresalta en mi lento proceso de despertar.

«PUM, BANG!» justo en la puerta de nuestro edificio. Muy fuerte, muy cerca, disparos, como si unos casquillos golpearan con fuerza la gruesa puerta metálica gris de nuestro garaje. Dos disparos, y un auto que se aleja a toda velocidad, cada vez más lejos. Y luego, sirenas, su aullido cada vez más cerca, y después distorsionándose cada vez más lejos. Como si entráramos en un túnel dentro y fuera del tiempo, todos los sonidos se vuelven distantes, cada vez más lejos, dentro y fuera del tiempo.

Es lo más cerca que he escuchado disparos, ¿o es la primera vez? No siento miedo por mi vida ni la sensación de que algo terrible acaba de ocurrir. Lo que siento es la sacudida de una transición súbita, quizás no bienvenida pero sí esperada, mi transición de dormir a despertar, y la transición inesperada de alguien más, de correr por su vida a ceder inevitablemente ante la muerte. Siento la gran importancia de este momento atemporal, el punto cero de tanto final y tanto comienzo en el mismo instante exacto.

Alguien disparó un arma, y un cuerpo ha sido alcanzado por las balas de esa arma. Y mi sensación en este momento es la de sostener el espacio para un cuerpo que sangra, que va pasando lentamente del estrés al descanso, del calor al frío, un cuerpo que está muriendo, una consciencia que a la vez se va y regresa.

No necesito saber quién es, dónde está, o por qué está pasando esto: todo está en mi consciencia, así que soy yo, está en mí, y está pasando para que yo pueda despertar a ello. No tengo miedo, ni siento que esté en peligro. No cuestiono a quien disparó, al cuerpo que sangra, a la Ciudad de Guatemala, ni a esta esquina donde habitamos cómodamente. Soy todo eso, en un momento atemporal, yéndome y regresando a la vez, terminando y comenzando a la vez, siendo y desvaneciéndome.

Algo está pasando, pasando constantemente, de manera imperceptible, como la maduración de una fruta, una fruta que cae de un árbol, o semillas que germinan perezosamente en la oscuridad de la tierra húmeda. Algo como aves que recogen ramitas para un nido, que anidan sobre un huevo, que trinan y llaman y chillan, como aves que se forman en bandada y se deslizan por el cielo. No es nada más que lo que es, y es todo. Los cuerpos mueren y nacen cada día, la consciencia se va y regresa, todo el tiempo, en el mismo instante. Nuestro cuerpo puede morir hoy, nuestra consciencia se fue y regresó, y ya hemos nacido y muerto muchas veces hoy: es simplemente un hecho.

En quietud y en silencio, el día amanece suavemente y una luz tenue entra por el vidrio sobre nuestra puerta, y me conmueve profundamente lo que está pasando. Bajo las cobijas, cómodamente abrigada, siento la respiración y el latido del corazón; observo el espacio entre uno y otro. Automáticamente sostengo el espacio para un cuerpo, para una consciencia, dondequiera que esté, quienquiera que sea, porque somos donde estamos y quienes somos. Sostenemos el espacio y nacemos y morimos, todo en el mismo instante exacto.

Son cerca de las cinco y veinte de la mañana, y permanezco quieta en la cama, en silencio, respirando, sosteniendo el espacio y sosteniendo mi corazón, durante lo que se siente como una eternidad. No hay tiempo cuando la muerte y el nacimiento coexisten, lo cual es siempre: el punto cero, cuando el tiempo se desvanece.

Es viernes 4 de noviembre de 2022, en la Ciudad de Guatemala, alrededor de las 7:00 de la mañana. Estamos todas listas y reunidas en la entrada de la casa, esperando el autobús que nos llevará al espacio de la conferencia para el día de cierre. Sosteniendo juntas la consciencia de algo, sin palabras, en silencio, con expectación. Al salir a la calle, formadas como niñas pequeñas listas para la escuela para subir al autobús que nos llevará allá, una cinta amarilla delimita el área: todas estamos dentro del punto cero de la atemporalidad entre la muerte y el nacimiento.

Un oficial de policía anuncia muy oficialmente: “Los vamos a dejar pasar. La cinta está aquí porque hay una persona muerta ahí”, y señala un punto a unos 10 metros de donde el autobús está detenido con el motor encendido.

Miro hacia esos 10 metros desde donde el autobús está detenido, con el motor encendido. Detrás de un muro bajo veo un cuerpo tendido sobre un pequeño trozo de pasto, un árbol de pie a sus pies, un cuerpo cubierto con una sábana sintética azul claro, el brazo derecho colgando sobre la banqueta, la mano derecha hacia arriba, pidiendo y recibiendo del cielo, abrazando el aire contra el suelo.

En este momento, subiendo al autobús, tomando nuestros asientos como niñas y niños bien portados, escuchando débilmente los susurros de chismes y especulación, conectando con lo sagrado de este momento, algunas más conscientes de ello que otras, nos hundimos en la realidad innegable de este punto cero en particular. Este es el mismo momento exacto en que alguien ha dado su vida para que nosotras podamos seguir viviendo. Alguien recibió la bala por nosotras este día. Algo termina y algo nuevo llega, simultáneamente.

Esta primera y única respuesta en este sueño fue de humilde reverencia ante alguien que dio su vida (un acto sagrado que todas y todos tenemos la posibilidad de hacer), el acto sagrado que este hombre realizó esta mañana para que el resto de nosotras pudiéramos renacer a la vida, soñándonos despiertas.

Qué milagroso es conocer profundamente lo sagrado de las muertes que ocurren tan cerca de nosotras todo el tiempo, las muchas muertes que permiten que lleguen cosas nuevas. Elijo honrar la muerte que me permitió subir a un autobús e ir a facilitar un taller e inspirar a un grupo de personas, como un primer paso.

Ya estamos muertas, salvo que todavía estamos en un cuerpo. ¿Cómo podemos aprovechar eso al máximo? ¿Cómo podríamos elegir honrar las cosas que terminan y las cosas nuevas que llegan, en el mismo instante exacto, de manera consciente e intencional, ya que cada día es el primer y el último día de vida? Cada respiración la primera y la última, cada encuentro el primero y el último.

Despertadas hacia el punto cero, reconocidas como parte de la escena por la cinta amarilla, autorizadas a cruzar de vuelta hacia lo cotidiano, esto nos invitó, y me animó, a pensar de verdad en lo que se nos pide en el punto cero entre la muerte y el nacimiento, que es siempre y también fuera del tiempo. Lo que se nos pide nos anima, para que todas podamos reconocer, más de cerca y con mayor facilidad, que cada muerte es un acto sagrado, y que cada muerte nos permite seguir viviendo. Hasta que llegue nuestro turno de permitir que la vida continúe con la muerte de nuestro cuerpo y con nuestra consciencia yéndose y regresando mientras el tiempo se desvanece.

Es realmente asombroso cuando nos volvemos conscientes juntas en este tipo de sueños despiertos, estas invitaciones a traer consciencia al punto cero donde las cosas terminan y llegan cosas nuevas en el mismo instante exacto, juntas, y luego tomar decisiones en conjunto, ya que aquello con lo que conectamos y lo que comprendemos puede ayudarnos a todas a acercarnos y aprovechar la naturaleza esencial de nuestra existencia.

Este momento exacto no solo fue el reconocimiento de la oportunidad de volver a comenzar a vivir mientras alguien más murió por nosotras, sino también la invitación a darle sentido a eso y compartirlo. Que sigamos despertando juntas a esta verdad, para poder honrar continuamente el hecho de que ninguna muerte es en vano.

Todos los seres vivos entregan su vida a la muerte y llega una nueva vida.

Y así, esa mañana del 4 de noviembre, facilité una dinámica imprevista y extraordinaria que nos sorprendió y deleitó incluso a nosotras mismas, para las muchas personas que nos veían como guía mientras integrábamos las experiencias de la semana y comenzábamos a darle cierre a nuestro sueño colectivo de la primera Conferencia Internacional de Tanatología.

Cuando me preguntaron, meses antes, qué presentaría, tenía una idea para un título (Muerte: un legado de vida), y pensé que facilitaría un taller, algo vivencial. Eso era todo lo que sabía entonces, y eso era todo lo que pude reunir incluso hasta la noche del 3 de noviembre. Por supuesto, hay mucho que podría decir sobre la muerte como legado de vida, pero lo dejé abierto para ver qué traería nuestro sueño despierto.

Y entonces este hombre que dio su vida inspiró algo asombroso que no pude haber planeado ni siquiera pensado, pero que estaba disponible para mí, para nosotras, como siempre lo está, cuando conectamos con lo que sucede en el momento presente. ¿Qué nueva vida está pidiendo nacer a través de nosotras en el punto cero del ahora?

“Lo que dejas atrás no es lo que está grabado en monumentos de piedra, sino lo que está tejido en las vidas de otros.” — Pericles

Comencé nuestra presentación exponiendo algunas posibilidades e invitando nuevas ideas, explorando cómo dejamos un legado vivo en cada momento de nuestra vida, con cada palabra y cada acción, con nuestro silencio y nuestra presencia, con nuestras decisiones, nuestros errores, nuestros cambios, nuestros placeres y nuestro dolor. Después invité al grupo a dejar las estructuras de concreto, caminar sobre el pasto, quitarnos los zapatos, entrar en contacto con la tierra y con nuestro corazón. Invitamos a nuestro espíritu de niña o niño a salir a jugar.

Recordamos y honramos a nuestros muertos y a nuestros ancestros con cada paso, abriendo nuestra mente, nuestro corazón, nuestro cuerpo para recibir mensajes de ellos a través de la naturaleza, la imaginación, las sincronicidades y los encuentros fortuitos cargados de sentido. Entramos en una práctica experimental de humanismo, conectando con la sabiduría que nos deja nuestra experiencia subjetiva con la muerte en todas sus manifestaciones a lo largo de nuestra vida.

Al considerar las diferentes maneras en que la muerte da vida, consideremos también cómo cada muerte es una afirmación de que se nos ha dado más tiempo, por ahora, para hacer algo significativo con el tiempo que nos queda.

Ya estamos prácticamente muertas, salvo que todavía estamos en este cuerpo. Cada día, con cada respiración, con cada encuentro, ¿cómo podemos aprovechar eso al máximo?

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