21 de octubre, 2018

La gracia del observador: soltar el reproche y la culpa (parte 3)

The Grace of the Observer: Letting Go of Blame & Guilt (part 3)

Durante las últimas dos semanas hemos contemplado por qué y cómo aparecen el reproche y la culpa en nuestros sueños nocturnos y en nuestra vida de vigilia. Después de considerar lo que hay detrás de escondernos o huir, y detrás de polarizarlo todo entre lo correcto y lo incorrecto, quizás estemos listos para considerar la propuesta definitiva del hacedor de sueños.

Existe todavía otro tipo de experiencia onírica, en la que a la vez atravesamos el drama del sueño y reaccionamos a él, y también lo observamos todo sin ninguna opinión, pensamiento, sensación ni sentimiento al respecto. Esta neutralidad resalta especialmente cuando el drama del sueño incluye injusticia, abuso, violencia y brutalidad, ya sea contra nosotros o ejercidas por nosotros. El testigo onírico no reacciona, no responde, no desea interferir ni intervenir, no desea detenerlo, mantenerlo en marcha ni cambiarlo; simplemente observa y toma nota de lo que está ocurriendo, sin implicarse.

En el sueño probablemente notamos primero el suceso y la acción principales, y luego empezamos a reconocer que el personaje principal de este suceso que observamos somos nosotros. Vemos cómo nuestro yo onírico navega la experiencia del sueño, mientras empezamos a reconocer que lo estamos observando. Esta contemplación se siente siempre presente y sin confines: se siente ilimitada. Es una consciencia y un saber; cuanto más nos identificamos con ella en el sueño, más real se siente, quizás incluso más que el sueño mismo. De pronto, el yo-en-el-sueño ya no es el ego onírico, el protagonista del drama del sueño, sino esta presencia sobria y ecuánime que reconoce todo a medida que surge. Esta es la gracia del observador.

En nuestros sueños todo es posible y todo vale. Nuestro observador onírico simplemente asiente mientras las historias se despliegan. Ni siquiera hay un intento o una intención de aceptar lo que es; hay un reconocimiento inherente de que cada papel observado se interpreta y se cumple de manera impecable. En la gracia del observador, se tiene la sensación de que todo está ocurriendo ahora mismo y, al mismo tiempo, de que ya ocurrió. Hay una sensación de saberlo, de ser uno con ello y, al mismo tiempo, de estar desidentificados de ello. Los dramas del ego onírico son un continuo, y nuestra consciencia entra y sale de ellos, casi siempre, en apariencia, a pesar de nuestra voluntad y nuestra intención conscientes.

Más allá de las muchas ilusiones de control que podamos alimentar o en las que podamos apoyarnos en la vida de vigilia, y a las que el ego onírico pueda insistir en aferrarse, el hacedor de sueños nos recuerda que, en última instancia, solo nos queda observar, con objetividad, reverencia y respeto, las respuestas, actitudes, conductas y reacciones que asume nuestro ego onírico dentro de los fragmentos de los dramas oníricos que alcanzamos a atrapar y recordar.

Uno de los hechos más curiosos que con el tiempo descubrimos sobre los sueños, a medida que nos acomodamos mejor en la posición del observador, es que todo en nuestros sueños es exactamente como tiene que ser, al servicio de una mayor consciencia de nosotros mismos, de nuestra condición interior y de nuestra relación con el mundo exterior. Todo cumple su propósito a la perfección para sostener la transformación de nuestro ego onírico, de proyector de culpas a aliado en nuestra labor de amor incondicional a nosotros mismos y de integración.

Nuestro desafío —la propuesta definitiva del hacedor de sueños— es considerar y llegar a aceptar que lo que vale para nuestro tiempo onírico vale de la misma manera para nuestra vida de vigilia: todo en nuestra vida es exactamente como tiene que ser, al servicio de nuestra salud y nuestra totalidad más amplias. Así como todo lo que recordamos de nuestros sueños nocturnos en la vida de vigilia reclama nuestra atención para ser traído a nuestra consciencia, todo lo que ocurre en nuestra vida de vigilia reclama nuestra atención para ser sanado e integrado.

El reproche, el autorreproche, la vergüenza y la culpa están entre las muchas distracciones que nos alejan de esta verdad. Cuando dejamos de culpar a los demás y dejamos de culparnos a nosotros mismos, no queda ninguna falta. Nada es culpa de nadie. No hay errores. Así como cada elemento que forma parte de un paisaje natural —desde los gusanos, los hongos, los insectos y la tierra hasta los árboles, las flores, los pájaros y el cielo— funciona a la perfección para manifestar su totalidad, cada elemento que forma parte del paisaje de nuestra vida funciona a la perfección para manifestar la totalidad de nuestra vida. Más allá del lente de lo correcto y lo incorrecto, de lo bueno y lo malo, de lo deseable y lo indeseable, más allá de toda dualidad, está la gracia del observador.

Esta verdad no deja lugar al juicio ni a la crítica; solo deja lugar a la observación objetiva. Y así, lo único que nos queda es el modelo de imparcialidad del hacedor de sueños, que presenta y reconoce todo con naturalidad, y cada circunstancia como una invitación al amor incondicional y como el despliegue que descubre, procesa e integra las lecciones que vivimos y que hemos vivido, y que inevitablemente nos llevan a crecer y evolucionar.

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