9 de octubre, 2018

Huir y esconderse: soltar el reproche y la culpa (parte 1)

Running Away & Hiding: Letting Go of Blame & Guilt (part 1)

Si llevamos suficiente tiempo con curiosidad por los sueños, seguramente hemos leído o nos han dicho que, cada vez que huimos de algo en nuestros sueños, deberíamos darnos la vuelta y averiguar qué quiere.

En nuestros sueños puede que nos persiga la policía, que nos acechen asesinos, que alguien, estamos seguros, quiera tomarnos como rehenes. Nos están enjuiciando, nos escondemos de nuestros captores, nos acusan de algo terrible, nos mandan a la cárcel o nos condenan a muerte por algo atroz, y ni siquiera sabemos qué es.

La policía y el sistema de justicia del tiempo onírico, los ejércitos, los nazis, los conquistadores, los piratas, las pandillas, los clanes, etcétera, cada uno con sus propios sistemas de gobierno, a menudo señalan la variedad de códigos y normas de nuestro superyó. El superyó es el administrador de las ideas internalizadas sobre lo correcto y lo incorrecto, con las rebeliones sublimadas que las acompañan contra lo que las figuras de autoridad de nuestros primeros años consideraban ético y moral. Estas reglas y leyes introyectadas están compuestas por las creencias, palabras, acciones, conductas, atributos y actitudes limitadas de otras personas y del mundo inmediato que nos rodeaba. Se establecieron durante nuestro desarrollo en la infancia, mediante el proceso de aculturación y condicionamiento temprano, y tuvieron como resultado la supresión de nuestros instintos e impulsos innatos humanos, creativos e intuitivos.

Si bien el desarrollo de un superyó es necesario para civilizar y socializar las conductas disruptivas, agresivas, destructivas o de otro modo inaceptables, llega un momento en nuestro desarrollo en que las reglas y leyes del superyó, que asumimos a ciegas, deben revisarse y replantearse. A medida que empezamos a conocernos más —con el generoso apoyo del hacedor de sueños—, empezamos a tener una noción más clara de lo que es verdadero para nosotros, y de todo lo demás que no lo es. En última instancia, nuestra autoridad debe provenir de nuestras verdades más íntimas.

Los conflictos internos entre quienes somos y lo que inocentemente creímos que debíamos ser provocan nuestra proyección de culpa más convincente sobre los demás, o nuestra autocrítica, nuestro autojuicio, nuestra culpa y nuestra vergüenza más apasionados.

Nuestro superyó es responsable de los muchos modelos internalizados de un yo ideal—esa amalgama de normas idealizadas, muchas veces inconexas y dispares, asumidas inconscientemente, sobre quiénes deberíamos ser o quiénes nos hicieron creer que necesitábamos ser para sobrevivir, ser aceptados y amados. Esforzarnos por convertirnos en esos modelos también nos impidió conocer y ser nuestro yo más auténtico.

Junto con la infinidad de imágenes idealizadas de quienes podríamos ser, deberíamos ser, tendríamos que ser o preferiríamos ser —la mayoría en contradicción entre sí—, el superyó administra la autocrítica y el autojuicio como estrategias correctivas que fácilmente se convierten en autodesprecio. Como nunca logramos estar del todo a la altura de uno o más de estos modelos ideales, a nuestra vez, y con una sensación inquebrantable de fracaso e impotencia, buscamos a alguien o algo a quien culpar, o generamos culpa, que sirve sobre todo como castigo, freno y distracción infructuosos y potencialmente paralizantes.

Culpar es nuestra estrategia de evasión más displicente y convenientemente justificada. Si todo este malestar interior sobre quiénes somos es culpa de otra persona, no hay nada que podamos hacer. La culpa, junto con la vergüenza, es nuestra manera solapada de tirar la toalla ante una situación desesperanzada e irresoluble. Es nuestra táctica dilatoria, una táctica interesada y autocomplaciente. Es adictiva. Si nos sentimos culpables, no hay nada que podamos hacer; sentirnos mal al respecto tendrá que bastar.

Como es realmente imposible estar sanos y enteros fingiendo o intentando ser alguien que no somos, culpar, la culpa y la vergüenza parecerían ser nuestras únicas opciones. Lejos de criticarnos, el hacedor de sueños nos ofrece, en cambio, la oportunidad de observarnos objetivamente.

Quien sea o lo que sea que nos persigue en nuestros sueños está señalando la fuente de nuestro propio enjuiciamiento interior o de nuestra proyección desviadora más activa. El ego onírico está convencido de que nos acusan injustamente, o no logra recordar por qué merecemos la muerte o el castigo. El yo-en-el-sueño, sin duda, actúa como culpable mientras nos escondemos y huimos, defendiéndonos con aires de superioridad moral o señalando con el dedo a otra parte.

Potencialmente, sentirnos acusados injustamente refleja nuestra suposición, o la proyección de nuestro juicio, de que algo que hemos visto decir o hacer a otra persona —quizás algo que nos afectó negativamente— está mal. En la vida de vigilia, esto es culpar a los demás por nuestras experiencias internas y por nuestras reacciones exteriorizadas ante ellas. Claramente, sentirnos perseguidos refleja el miedo, o el hecho, de que algo que hemos dicho, sentido, pensado o hecho ha sido juzgado por nosotros —a veces con ayuda de otros— como incorrecto. En la vida de vigilia, esto es culparnos a nosotros mismos por nuestras experiencias internas y por nuestras reacciones exteriorizadas ante ellas. Cualquier impulso y deseo de contraatacar, o una represalia real en nuestros sueños, puede reflejar nuestro enojo o resentimiento, nuestra frustración, nuestra resistencia ante la totalidad de lo que es, a partir de la suposición de que está mal.

El hacedor de sueños nos alienta a considerar que quizás no haya nada malo, que en realidad, para empezar, no hay nada por lo que merezcamos castigo ni de lo que debamos defendernos.

Al contemplar este tipo de sueños, puede ser un buen momento para preguntarnos cómo y por qué nos sentimos víctimas, y cuál es el beneficio de seguir en el papel de víctima. Podemos examinar qué podría estar ofendiéndonos, y qué aspecto de nosotros se siente ofendido. Podemos cuestionar nuestro propósito al eludir la responsabilidad culpando a otros, paralizándonos con culpa o vergüenza, o torturándonos con autorreproches. Luego podemos explorar cómo todo esto es resultado de seguir aferrándonos a normas internalizadas y obsoletas sobre lo correcto y lo incorrecto.

Una vez que nos tomamos el tiempo de responder con franqueza estas preguntas, quizás estemos listos para considerar la propuesta del hacedor de sueños.

Continuará . . .

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