20 de junio, 2025

Despertar este día como si fuera el último

Waking up this day as if it were my last

En mi sueño llego tarde a una capacitación de doulas de fin de vida. Mi colega está agotada y exhausta, y se está quedando dormida en el podio. Estoy ahí para tomar su lugar y enseñar. La toco en el hombro y no despierta. Willy, quien murió hace dos años en mayo, observa la escena desde arriba y hace una mueca de desaprobación. La persona que me llevó hasta ahí no está dispuesta a esperarme para regresarme. Esto me inquieta. Hay varias personas ahí que no aprueban la situación, mientras que la mayoría está a la expectativa de lo que sucederá después. Willy entonces se ríe, y da a entender que es mejor no quedarnos atrapados en las pequeñeces de la experiencia humana. No hay errores, y todo es una oportunidad de aprendizaje.

Esta consciencia del observador objetivo de este sueño que llamamos vida ha surgido varias veces en las últimas semanas: la yo que vive la experiencia humana, y la yo que observa a esa yo viviendo la experiencia. Algo que la consciencia de la muerte, y el trabajo con los sueños, facilita es esta capacidad de conectar con esa parte del “yo” que es más grande que el “yo” que tiene la experiencia humana.

Desde 2014 asumo cada año la práctica de Un Año para Vivir, guiada por el libro del mismo nombre, de Stephen Levine. El libro nos invita a contemplar la vida desde la perspectiva de tener un año de vida por delante, inspirado en las exploraciones que suelen surgir cuando las personas se acercan al final de la vida. Durante el cuarto mes de este estudio de un año, comenzamos la práctica de despertar como si hoy fuera nuestro último día en la tierra.

La práctica de despertar como si hoy fuera mi último día amplifica la consciencia de esa observación de la pequeña yo, y sus luchas humanas. Cada día que hago esa práctica, obtengo más claridad —o más bien, el lente se aclara más—, de modo que puedo estar más consciente de las dos perspectivas: la yo que vive una experiencia, y la yo que observa la experiencia. Con el tiempo, a través de esta práctica soy capaz de discernir y elegir mi respuesta a las experiencias con más facilidad. Mientras la pequeña yo lucha con las circunstancias y se preocupa por los resultados, la yo observadora aprecia lo humano desde una perspectiva de crecimiento y evolución. Los resultados son secundarios frente a lo que soy capaz de extraer de la experiencia.

Con frecuencia, la pequeña yo está apegada a la comodidad, a lo familiar, a las sensaciones de seguridad y pertenencia que suele provocar la ilusión de ya saber. Sin embargo, el crecimiento solo puede darse en lo que aún no conozco, en atreverme a exponerme a lo desconocido, en estar dispuesta a sentir incomodidad.

Y este sueño que llamamos vida inevitablemente nos lleva a lo que aún no conocemos, ya sea en nosotros mismos o a través de lo que nos rodea, para que podamos aprender algo nuevo.

Esto requiere que mis expectativas se vean sacudidas, que algo en mí o en mi entorno cambie de forma inesperada. Esto es lo que me empuja más allá de mi zona de confort y hacia mis bordes de crecimiento.

La resistencia a estos cambios, el apego a la expectativa o a lo familiar, y cualquier reacción a estos cambios en general, proviene de la pequeña yo, la experiencia humana, las historias, las expectativas, los conceptos e ideas que he heredado, que me han dado o que se me han transmitido a lo largo de esta experiencia de vida.

A través de la práctica de vivir este día como si fuera el último, mi primera pregunta hacia mí misma se convierte en: ¿de dónde viene esta resistencia? La práctica me invita a explorar más profundamente: ¿qué está intentando hacer por mí? ¿de qué está tratando de protegerme? ¿qué sentimientos y creencias está activando?

Las respuestas a estas preguntas piden ser traídas a la luz, a la consciencia. Una vez que las cosas están en la consciencia, se conocen, y, al identificarlas, es más fácil soltarlas. Cuando no las conozco, pueden abrumarme, y ese agobio alimenta la resistencia. Resistir es no dejar morir, o cambiar, lo que ya está pidiendo morir, o cambiar, lo que está en proceso de morir, o cambiar, o lo que ya murió, o cambió de forma irrevocable.

Porque estoy practicando vivir este día como si fuera el último, debo preguntarme: ¿qué implica esta muerte que alguna parte condicionada de mí está resistiendo? ¿qué me pide o qué requiere de mí? También me ayuda reconocer la sensación de resistencia, su presencia y su persistencia, como una invitación a colaborar con el cambio, la transformación o la muerte, en lugar de vivirla como un abandono de lo familiar y lo conocido, de cómo eran las cosas, que me deja sin rumbo y obligada a ir hacia donde pensé que no estaba dispuesta a ir.

Al vivir este día como si fuera el último, mi intención es permanecer receptiva, abierta, entregada, dispuesta a transitar territorios inexplorados, dispuesta a descubrir lo que me queda por atender, por reconocer, por lo cual crecer.

Estamos condicionados a asumir que todo debe permanecer igual, que nosotros debemos permanecer igual, que nuestras relaciones deben permanecer igual, y que lo que debemos hacer es controlar y manipular todo para que las cosas, las personas, y nosotros mismos seamos exactamente lo que esperamos que sean, lo que se nos dijo que debían ser, para que entonces, después de todo este arduo trabajo (cambiar lo que es, desde la resistencia hacia ello), podamos ser “felices”, para poder relajarnos y disfrutar el recorrido de este sueño que llamamos vida. Y, en cambio, terminamos exhaustos e insatisfechos, asumiendo que algo debe estar mal con nosotros, con ellos, o con la vida misma.

Esto es, pienso, el significado del sufrimiento: todas las adversidades que enfrentas en la vida, todas las pruebas y tribulaciones, todas las pesadillas y todas las pérdidas, la mayoría de las personas las sigue viendo como maldiciones, como castigos… como algo negativo. ¡Si tan solo supieras que nada de lo que te llega es negativo! Todas las pruebas, tribulaciones y las pérdidas más grandes que jamás experimentes son regalos para ti. Cada adversidad es una oportunidad que se te da, una oportunidad de crecer. Crecer es el único propósito de la existencia en este planeta Tierra. No crecerás si te sientas en un hermoso jardín de flores y alguien te trae comida exquisita en una bandeja de plata. Pero sí crecerás si estás enfermo, si tienes dolor, si vives pérdidas y aun así no escondes la cabeza, sino que tomas el dolor y aprendes a aceptarlo, no como una maldición o un castigo, sino como un regalo con un propósito muy, muy específico.

— Dra. Elisabeth Kübler-Ross, El túnel y la luz

No se nos anima, ni siquiera se nos da a entender, a reconocer que cada persona, cada situación y cada circunstancia llega para cumplir una función particular que impulsa nuestro crecimiento y evolución. Todo cumple su función durante el tiempo que sea necesario, y todo tiene una fecha de caducidad. Habrá un momento en que esa función se cumpla, se llegue a la fecha de caducidad, y las cosas necesiten cambiar para que nosotros (y ellas) podamos crecer y evolucionar. Cuando miramos de cerca, cada persona y circunstancia a lo largo de nuestra vida ha cumplido su función, y con frecuencia, porque se nos ha llevado a asumir que las cosas son así y no de otra manera, insistimos en sostener lo que ya no tiene función, porque se nos ha condicionado a aferrarnos a alguien o a algo, porque, de lo contrario, parecería implicar que hemos fracasado.

Lo importante, lo más esencial, es que con cada “fracaso” todo se vuelve más claro: cuáles son nuestras necesidades y deseos, y cómo cobran sentido para nosotros, todo lo cual es esencial para nutrir en quién nos estamos convirtiendo. Porque no somos fijos ni estáticos, porque para crecer y evolucionar debemos cambiar y transformarnos; porque este sueño que llamamos vida es un proceso constante de convertirnos.

Se nos ha condicionado a asumir que nuestro “trabajo” y nuestro esfuerzo más ferviente deben consistir en identificar y definir nuestros deseos y necesidades, para luego aprender las formas “correctas” de expresarlos y pedirle al mundo externo que los satisfaga por nosotros, y a indignarnos cuando el mundo no entiende, o ni siquiera le interesa, lo que tenemos que decir o lo que exigimos para enderezar las cosas, para hacerlas bien.

Si bien es esencial llegar a conocer nuestras necesidades y deseos, también es esencial saber que estamos aquí para asegurarnos de que esas necesidades se satisfagan a pesar del mundo externo. Hay maneras de compartir nuestro recorrido de deseos y necesidades en espacios y con personas seguras, receptivas y recíprocas, y el espacio más seguro, más receptivo y más recíproco, que requiere nuestro cuidado y atención constantes, sin importar las circunstancias externas, está dentro de nosotros.

Esto me lleva a pensar en qué es lo que nos llevamos cuando morimos. No es más que el aprendizaje y el crecimiento, y las experiencias que nos trajeron hasta ahí. Es, como dijo la Dra. Elisabeth Kübler-Ross, las oportunidades internas y externas de amar y ser amados que tomamos, y las que dejamos pasar.

Entonces, ¿podemos amar la parte que se resiste, la parte que sabe lo que quiere y necesita, la parte que siente la necesidad de expresar las cosas, de exigir las cosas, la parte que llora los cambios? ¿Podemos amar a los agentes internos y externos que inspiran el crecimiento, a pesar de la incomodidad? ¿Podemos amar la incomodidad, que indica que el crecimiento está ocurriendo?

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