9 de octubre, 2025

Sigue tu duelo

Follow Your Grief

según se publicó en el boletín de INELDA

En cuanto entré al apartamento, ese lugar íntimo, algo se rompió. Se cayó el toallero. La cortina de la ducha no pudo contener las aguas que me desbordaban, y empezaron las inundaciones. La lavadora empezó a rezumar, el aire acondicionado empezó a gotear, la batería del control remoto se agotaba, así que la fuga no se podía detener. No había en la cocina recipientes lo bastante hondos ni anchos para recoger nada de eso. El marco de la puerta se desencajó, y el vidrio casi se cae y se hace añicos, mientras la eflorescencia del techo espolvoreaba todas las superficies de la sala. De pie, descalza, en lo más hondo de esta piscina de baldosas de mármol, lo comprendí: este espacio me está devolviendo exactamente cómo me siento. Me resigné a la condición del momento, tiré la toalla y me entregué a mi única lógica, que era trapear.


Trapeé sudor de lavadora aquí, un charco de lágrimas de aire acondicionado acumulado allá. En el aire espeso y húmedo del duelo, en el espacio de historia contenido en un edificio de 500 años, estuve presente con el abandono y el descuido evidentes que se sentían ahí, tanto dentro como fuera. Y así, trapeé, y trapeé, y trapeé, tirando toalla tras toalla para contener el llanto de las aguas. Agacharme, torcerme, estirarme, ponerme en cuclillas; los trazos en forma de ocho, el escurrir, marcaban un ritmo y un pulso. La fricción entre mis manos, el palo, el trapeador, las toallas y el piso nos sincronizaba. Mis acciones tenían un impacto, de afuera hacia adentro. Cubetas enteras de sudor y lágrimas del edificio me devolvían mi reflejo. Y así, atendí nuestro duelo durante días. Hasta que algo —unos rastros de moho negro que descubrí— intercedió y me impulsó, me sostuvo, me alentó; encontré la motivación para pedir ayuda, para el edificio y para mí.

Desde que tomé consciencia de ello hace muchos años, he insistido en que el duelo es la condición humana. A su manera, tan personal, generosa y recíproca, el duelo nos guía para aprender a hacer el duelo y a sanar a través de él. El proceso natural y único de nuestro duelo nos ofrece la receta de autocuidado más estricta —a veces urgente— y más individualizada.

A través de la experiencia y la observación, en mi vida personal y al sostener el espacio para el duelo individual y comunitario, he llegado a comprender que el duelo es una experiencia de la persona entera, que se manifiesta en lo físico, lo mental, lo emocional, lo relacional y lo espiritual. Y cada camino de duelo es único.

Cada trayectoria de nuestro duelo es específica, no solo para cada persona, sino también dentro de cada persona. La manera en que vivamos nuestro proceso de duelo variará mucho según aquello que lo haya impulsado. Y la forma en que nuestro duelo se manifiesta también variará, de modo que cada experiencia nos revela y nos enseña algo sobre cómo cuidarnos a través de nuestro duelo. Ningún libro, ningún podcast, ningún consejero, ningún curso podrá predecirlo, contárnoslo en detalle ni orientarnos sobre lo que cabe esperar. El duelo mismo es el consejero más seguro y confiable sobre lo que necesitamos en cada momento en favor de nuestro bienestar, y es quien dirige nuestro autocuidado.

El duelo no es una condición que haya que sanar, sino el camino hacia la sanación y la transformación. Nos muestra cómo hacer el duelo, pero ¿cómo sintonizamos con las necesidades que el duelo nos invita a atender y satisfacer? 

A veces ni siquiera somos conscientes de que estamos en duelo. La pérdida puede haber sido tan sutil, o la acumulación de pérdidas sutiles puede haber llegado a su umbral, que en nuestra consciencia despierta simplemente algo se siente fuera de lugar. ¿Cómo podemos darnos cuenta de que estamos en duelo? ¿Cuáles son los síntomas internos y las señales externas? ¿Cuál es el primer indicio, en nosotros o en nuestro entorno, de que el duelo está presente? ¿Cómo podemos sintonizar con lo que el duelo requiere?

No encontraba motivación para hacer nada. No podía dormir y, sin embargo, no podía levantarme de la cama. No tenía hambre; rechazaba la sed y cualquier otra necesidad biológica. Me sentía entumecida: la tristeza y el desaliento eran tan profundos que no los podía sentir. Me sentía sin voz, sin importar cuánto hubiera dicho, pensado o escrito. Mi mente estaba inquieta con todo y con nada a la vez. Recuerdos, sueños, juicios, vergüenza, vacío, nada. Había muchas cosas que se me ocurría hacer, pero ningún impulso de que me importara ninguna. El aislamiento se sentía como una enorme roca bajo la cual descansaba de descansar y me escondía de mi propio escondite. Hasta que, de pronto, alcancé a oír el sonido lejano de las olas. Sintonicé para escuchar el mar y, a medida que enfocaba mi atención, el mar era lo único que podía oír. De algún modo, su oleaje resonó, y algo en mí despertó con él. Como sonámbula, logré arrastrar mi cuerpo fuera de la cama, vestirlo y empujarlo a salir caminando al encuentro del mar.



Las playas estaban casi todas privatizadas, así que no era fácil encontrar un camino hasta la orilla. Una vez ahí, descubrí que era la escupidera de un océano que se ahogaba en plástico; era el espacio seguro, sin testigos, donde toda la porquería podía escupirse y quedar expuesta. La playa virgen era un panorama deprimente, y me sentí como en casa. Echar un vistazo a su inmensidad, a la extensión imperceptiblemente larga de la orilla salpicada de basura, resultaba abrumador. Más allá del rojo y el blanco y el azul del plástico, del brillo del aluminio, de lo opaco de las espumas y los zapatos y las llantas y las cubetas, no alcanzaba a ver arena ni rocas. Sin embargo, el sonido de las olas me animaba a enfocar la atención, a ver. Mis ojos recorrieron el paisaje, hasta que pude identificar un pedazo de orilla en particular donde la basura parecía concentrarse.

Mi primer impulso claro en lo que se sentía como una eternidad de duelo fue recoger esa basura, en esa zona, pero no tenía bolsa ni recipiente. Enseguida supuse que entre esa basura habría una bolsa y, voilà, apareció una bolsa.



Sentí que mi vista se agudizaba, mi mente se enfocaba más, mis oídos sintonizaban con el pulso de las olas, mis músculos se descargaban mientras me agachaba y me flexionaba, mi cuerpo se entibiaba a medida que el sol y la brisa lo recargaban. La bolsa se llenó bastante rápido, y encontré otra, y otra, hasta que cuatro bolsas y una cubeta de pintura quedaron llenas de residuos plásticos, sobre todo botellas de bebidas y tapas, algunos juguetes y zapatos, y algunas latas de aluminio. Ese pedazo de orilla en particular ya estaba libre de porquería y, de algún modo, me sentí mejor: un pedazo en particular libre de porquería. Al día siguiente, y al otro, y al otro, y al otro, aunque no había nada en mí que se sintiera familiar, como sonámbula, me levanté de la cama, me vestí y caminé al encuentro del mar. Un pedazo de orilla en particular me llamaba, y las bolsas y los recipientes aparecían para que pudiera recoger basura, sintiéndome cada día un poquito más libre de porquería, un poquito más viva, un poquito más desembarazada, un poquito más esta persona en la que me estaba convirtiendo en mi proceso de duelo.


Cada posible manifestación única de nuestro duelo —sea física, mental, emocional, relacional o espiritual— trae consigo una necesidad que pide ser atendida. Como no siempre somos conscientes de que estamos atravesando un duelo, a veces nuestra experiencia interior se exterioriza y nos la encontramos en nuestro entorno. Pase lo que pase, nuestro duelo intenta llamar nuestra atención y llevarnos a hacer lo que necesitamos para atenderlo, para traernos a un mayor equilibrio, para asegurar nuestro bienestar y la integración de la pérdida en quienes nos estamos convirtiendo.

El duelo nos invita a preguntarnos: “¿En qué punto de mi proceso de duelo estoy, cómo se está manifestando mi duelo, qué me está pidiendo?”. Y yo te invito a responder, en cuanto sientas la pregunta, y a seguir tu duelo.

← Todos los artículosEscribirme →

Otros artículos

Sigue recorriendo