9 de diciembre, 2021

Encontrando el equilibrio: el llamado a la aventura

Finding Balance: The Call to Adventure

Ni siquiera tenemos que arriesgarnos a la aventura solos, pues los héroes de todos los tiempos nos han precedido. El laberinto es completamente conocido. Solo tenemos que seguir el hilo del camino del héroe, y donde pensábamos encontrar una abominación, encontraremos a un dios. Y donde pensábamos matar a otro, nos mataremos a nosotros mismos. Donde pensábamos viajar hacia afuera, llegaremos al centro de nuestra propia existencia. Y donde pensábamos estar solos, estaremos con el mundo entero.

— Joseph Campbell

Durante los últimos cinco años, aproximadamente, me ha impulsado cada vez más una misión de vida, y me ha resultado cada vez más difícil justificar y encontrar tiempo para cualquier cosa que distraiga del enfoque y el esfuerzo que este llamado requiere.

La misión, que se define y se revela conforme respondo a lo que entiendo que la vida me pide, tiene que ver con hacer una contribución significativa a la evolución de nuestra cultura de pérdida, duelo y fin de vida, que asiente una base sólida y se vuelva sostenible para las generaciones futuras. Esta contribución significativa toma la forma de demasiadas tareas de organización y planeación, lluvias de ideas, reuniones, áreas de desarrollo de contenido, cursos, capacitaciones y mentorías, conferencias, presentaciones y comunicaciones que me mantienen en un escritorio, frente a una computadora, o en el campo, trabajando con clientes y pacientes, reuniéndome con aliadas y colegas, haciendo labor comunitaria, hablando ante grupos, y capacitando a voluntarias. Si no estoy haciendo varias cosas a la vez, siento que no lo estoy logrando; al menos, así es como se siente la mayor parte del tiempo.

Intentar lograr tanto puede ser estimulante y muy motivador (es lo que me hace levantarme temprano cada mañana, con ganas de empezar el día), y ver cómo distintas cosas van tomando forma y se manifiestan puede ser profundamente satisfactorio. Pero, en los buenos días, las largas caminatas en la naturaleza se han convertido en rápidas vueltas a la manzana con la perra, y los menús elaborados se han convertido en ensaladas sencillas y verduras asadas al horno. Poco a poco tengo menos tiempo para la familia, las amistades, los pasatiempos, las vacaciones o una vida con más calma. Todas mis salidas están relacionadas con el trabajo; mis comidas y cenas fuera son reuniones de trabajo. No he ido al cine ni al teatro desde 2015. Solo veo Netflix cuando estoy en cama con gripe o con el pie lastimado (lo cual pasa quizás una vez al año). Me toma un mes o más terminar de leer un libro, cuando antes leía al menos uno por semana. Y no he escrito en un diario ni he trabajado una pieza de plata en mi estudio desde el verano de 2017.

Tal vez soy suficientemente ermitaña, entregada a la labor de mi vida y sin interés en actividades puramente sociales, pero sigo siendo un ser humano interesado en el amor y la conexión con las personas, los animales y la naturaleza —y que las necesita—, y un ser humano creativo que anhela canales de expresión creativa que me llegan de forma tan natural. Aun cuando mi trabajo permite innumerables experiencias de amor, creatividad y conexión, no he podido cultivar aquello que es significativo y valioso para mí fuera de seguir avanzando hacia esta misión de vida. Y me ha parecido imposible generar o sostener un equilibrio entre el trabajo y el juego, entre el esfuerzo intenso y el descanso, entre trabajar por el bien mayor de todas y vivir para disfrutar esta experiencia humana consciente y encarnada, llena de potencial, que la vida me ha concedido.

Más recientemente, se ha vuelto dolorosamente evidente que vivo para mi trabajo y, dicho simplemente, parece que no puedo hacer tiempo para mí misma. Como resultado, se ha vuelto mi intención creciente, mi resolución, mi misión voluntaria (distinta de una misión de vida, que en mi experiencia es compulsiva) encontrar equilibrio entre el tiempo, la atención, el enfoque y el esfuerzo que invierto en las muchas tareas que contribuyen a esta misión de vida, y el tiempo, la atención, el enfoque y el esfuerzo que invierto en el descanso, la relajación, la regeneración y en habitar con calma el momento presente. ¡Ah! Poder estar en el momento presente es el lujo más grande: no estar constantemente pensando y proyectándome hacia el futuro, llenando mi tiempo sin importar cuánto me diga a mí misma que tengo prohibido asumir más responsabilidades o sumar más compromisos.

Imagina esto: es un viernes de noviembre, alrededor de las 8 de la noche, después de una semana larga de demasiado trabajo. Un puñado de amistades cercanas, que también son mis colegas, se reúnen con el espíritu de celebrar mi cumpleaños. (La cercanía y los intereses compartidos, trabajando juntos, me conceden la bendición de estas amistades tan significativas.) Han traído pasteles y postres, el New Wave sustituye las rondas diarias de Barroco francés, y he abierto una botella especial de Dolcetto d'Alba, reservada solo para celebraciones de cumpleaños. Otras colegas alrededor del mundo, que participan en un evento en línea que llevo meses organizando y que comenzó esta misma mañana, están teniendo una crisis. Paso una buena parte de la noche entre el teléfono y la computadora, apagando incendios, aclarando, resolviendo (mientras mis amigas disfrutan de postres, vino y conversación), y resintiéndome cada vez más conmigo misma por la posición en la que sigo poniéndome.

Esta perplejidad evidente e inmanejable, que afectaba notablemente la calidad de mi vida personal, necesitaba con urgencia ser atendida y transformada. Su creciente intolerabilidad hacía imposible seguir ignorándola, y me propuse hacer manifiesta esta transformación: hacer este cambio necesario, ya urgente. Así que, en 2021, encontrar equilibrio entre lo profesional y lo personal, entre lo colectivo y lo individual, entre el trabajo, el descanso y el autocuidado se convirtió en mi única intención.

Ha sido como nadar cuesta arriba contra aguas embravecidas, si es que se puede imaginar tal hazaña; menos mal que disfruto nadar, aunque no así, no en estas condiciones, no por tanto tiempo.

Es una mañana de domingo, 31 de octubre, cuando mi pareja y yo nos encontramos recordando qué nos unió, el sueño que nació entre nosotros después de conocernos. Repasamos las maneras en que no somos una pareja convencional, tanto así que a veces hasta nosotros mismos nos confundimos sobre qué estamos haciendo juntos o para qué. Estamos muy juntos, compartimos una conexión muy profunda, y aprendemos muchísimo el uno del otro. Juntos crecemos constantemente hacia nuestra mejor versión, pero vivimos juntos por separado, no cumplimos ni requerimos roles o expectativas tradicionales, no dependemos el uno del otro, no proyectamos futuros planes de vida en conjunto. Somos, pero, ¿hay algo que necesitemos hacer? ¿Qué significa ser algo juntos? ¿Hay un propósito por cumplir, una misión de vida en conjunto?

Todo esto surge, como suele suceder, de manera inesperada en esta modesta mañana de domingo, y antes de que pudiéramos incomodarnos con la acumulación de una sensación impuesta de falta de rumbo, nos interrumpe abruptamente una llamada telefónica de una amiga. Nos comparte la noticia de su decisión de hacer un gran cambio de vida. Mi pareja, quien tomó la llamada, cubre el micrófono del teléfono con la mano y dice: “…y como resultado, va a vender su combi (la camper Volkswagen)”.

Debo mencionar que la fantasía de viajar en una combi no me es ajena. Vi la película 1969 en 1988, más de una vez. Y llevaba demasiados años luchando por encontrar tiempo para vacacionar: encontrar el tiempo, a dónde ir, dónde quedarnos, cómo llegar, y qué hacer con nuestra perra lograba disuadirme de buscar activamente tiempo libre. Y si lográbamos ir a algún lado, el trabajo siempre era el motivo del viaje.

Pero, cuando mi pareja y yo nos conocimos, antes de que esta misión de vida se apoderara del tiempo y de la vida, coincidimos en el sueño de recopilar las historias de nuestras personas mayores, preservarlas y compartirlas, en realidad como parte de este interés compartido en transformar nuestra cultura de pérdida, duelo y fin de vida. Cuando hablamos de eso hace años, inevitablemente me imaginaba manejando con él por México en una camioneta blanca. Fue el único proyecto de vida futuro que alguna vez imaginamos, uno que rápidamente quedó en segundo plano.

“¿De qué color es?”, pregunto, buscando una señal.

Y entonces nos sentamos cerca, frente a frente, tomados de la mano y mirándonos a los ojos: “¿es esto una invitación a cumplir nuestro sueño, a vivir juntos un proyecto de vida?” Pensamos en todos los posibles peores escenarios y los compartimos, no porque intentemos disuadirnos, sino porque queremos aclarar nuestra intención y honrar nuestras visiones y deseos, porque queremos saber: “¿estamos dispuestos a asumir de verdad y por completo la responsabilidad que esto requiere?” “¿estamos listos para comprometernos con una vida de búsqueda activa de aventura y espontaneidad?” y, más importante aún, “¿estoy lista para comprometerme, de una vez por todas, con una vida de equilibrio?”

Sin importar cuánto rebusquemos entre nuestros pensamientos, sentimientos y sensaciones en busca de duda, renuencia o vacilación, la respuesta inequívoca es “sí”.

Es martes 30 de noviembre, 4:40 de la mañana. Es una mañana fría en el centro de México, y vamos manejando hacia la central de autobuses. Nos esperan nueve horas de viaje en camión y conexiones. Vamos rumbo a un pueblo boscoso junto a un lago, donde la combi ha estado recibiendo llantas nuevas y un afinado con el mejor mecánico del pueblo.

Yo empaqué una piña cortada, dos yogures y tres sándwiches. Él trae un termo lleno de café. Llevamos chamarras abrigadoras. Yo llevo guantes porque se me enfrían las manos; él trae un chaleco acolchado y una bufanda. Ya tengo los pies fríos, y resulta que él trae un par extra de calcetines. Vamos suficientemente abrigados.

En el último tramo del viaje, las pantallas de entretenimiento muestran una película de Disney, Onward. Las bocinas proyectan el sonido por toda la cabina; es imposible leer o dormitar, así que nos rendimos y vemos la película, que en realidad es muy tierna. “En tiempos antiguos, el mundo estaba lleno de asombro y magia”, dice la introducción. Y más adelante, la trama nos recuerda que, en la magia, trabajamos con lo que tenemos, y que, de alguna manera, lo que tenemos puede hacer milagros.

Alrededor de las 2 de la tarde llegamos a nuestro destino, y no es difícil encontrar al mecánico, ni contemplar la maravillosa vista de la combi blanca esperándonos. Nos presentan, y nos orientan sobre las particularidades de la vieja camper. Es una belleza y, con alegría, nos subimos y manejamos hacia la siguiente parada, donde recogeremos sus papeles con el amigo de nuestra amiga.

Él tiene mala señal telefónica y no está en casa, pero logramos coordinar con su esposa para recoger los papeles, y le pedimos recomendaciones de dónde comer algo decente después de nueve horas de bocadillos saludables. Hay un lugar agradable de comida corrida a unas cuadras, así que decidimos dejar la combi estacionada ahí y caminar. La comida está especialmente deliciosa y casera, y brindamos por nuestro compromiso y este nuevo comienzo, cuando suena el teléfono. Es el amigo de nuestra amiga, que acaba de llegar a casa.

Mi pareja cubre el micrófono con la mano y dice: “¡la tarjeta de circulación de la combi, la encontró en la banqueta!”, con una expresión de “¿cómo dejamos que pasara esto?”. Nos quedamos en pausa. Repasamos nuestros pasos, y no logramos entender cómo pudo haber sucedido. Pero, ¿qué probabilidad hay de que perdiéramos sin querer este pequeño papel, y que, 45 minutos después, la única persona que nos conoce y tiene nuestros números lo encuentre en algún punto entre su casa y donde sea que lo llevó el viento, a unas puertas de distancia? Nos sentimos tranquilos; la vida nos cuida.

Habíamos esperado regresar a casa a las 4 de la tarde, pero entre una buena comida, un brindis, un café recién hecho, agradecer profundamente la vida, y llenar el tanque de gasolina, son las 6 de la tarde cuando comenzamos el camino de regreso. “¿Estará bien seguir el plan y manejar cinco horas de regreso en la oscuridad?”, pregunto. “¡No habrá ningún problema!”, responde mi pareja. Y así, partimos.

La combi maneja bien, y mi pareja se adapta a ella como si se conocieran desde hace mucho tiempo. Disfruto las vistas panorámicas del lago durante los primeros 30 minutos, más o menos, mientras se pone el sol, sentada erguida en el asiento del copiloto, rígido pero generoso. Compartimos café y sonrisas mientras tomamos la carretera, y avanzamos por caminos sinuosos entre el bosque.

Esta es una carretera nueva de cuota que debería llevarnos a casa más rápido, aunque la combi es un vehículo para ir despacio y apreciar los paisajes. A diferencia de las carreteras de cuota a las que estamos acostumbrados, esta sube y tiene muchas curvas, no hay alumbrado público, y mi pareja tiene que encender y apagar las luces antiniebla, una y otra vez, conforme viene tráfico en sentido contrario. Pero somos felices.

Hasta que, de pronto, enciende las luces antiniebla, y se apagan; se prenden y se apagan, se prenden y se apagan, y ya no hay más luces antiniebla. Y entonces, los faros parecen un poco tenues, y más tenues, y más tenues. Siento cómo se acelera mi corazón y mi torrente sanguíneo se llena de adrenalina. Solo puedo imaginar lo que siente mi pareja mientras maneja. Pienso: “estamos bien; esto es como manejar en una tormenta”. Él murmura y comenta lo poco bien que está esto. Me enfoco en mi respiración, permitiéndome exhalaciones largas y lentas. Él comienza a protestar más clara y fuertemente: “¡esto no me gusta! sabía que no debíamos haber manejado de noche”. Mi corazón late más rápido; la adrenalina quiere tomar el control. “¿Por qué tuviste que prender y apagar tanto las luces?”, piensa mi mente, pero respiro profundo y pienso: “qué bueno que nos dimos cuenta de esto”. Observo mis pensamientos mientras siento que mi sistema nervioso entra en alerta de peligro. Resisto la tentación de hacer esto sobre él prendiendo y apagando las luces, sobre mí insistiendo en que maneáramos de regreso esta noche, y me aseguro a mí misma: “nada es un error; hay una razón para lo que está pasando; hay una lección en esto”, mientras el modo de supervivencia se activa y lleva mi mente a la oración automática.

Desde que tengo memoria, y hasta la preparatoria, cada mañana cuando nos subíamos al coche para ir a la escuela, mi mamá, que es muy católica, me hacía rezar con ella. La última frase de nuestra oración del coche se me ha quedado grabada, y se activa automáticamente en momentos de incertidumbre en coches, trenes, aviones: “Que Dios nos bendiga y nos cuide en este día, amén”.

“Que Dios nos bendiga y nos cuide en este día, amén”, se repite automáticamente en mi cabeza una y otra vez, aunque dejé intencionalmente de rezarle a “Dios” cuando tenía seis años. Mientras suplico en mi cabeza, “Universo, por favor muéstranos el camino”, todas las luces de la combi se apagan, y todas nuestras señales internas de alerta se encienden al mismo tiempo. Siento el corazón latiéndome en la garganta; siento un hormigueo cálido bajando por los brazos y las piernas; siento que el miedo empieza a asomarse a la superficie. Regreso a la respiración mientras mi pareja protesta: “sabía que no debíamos haber manejado de noche. ¡No puedo manejar así! ¡Esto no está bien!”

Y de mi boca salen las palabras: “algo no está bien, pero nosotros estamos bien. Ahora mismo estamos bien”.

Miro mi teléfono; son las 20:24 y no hay señal. El tiempo se hace más lento, hay una pausa; todo se suspende. Con esas palabras llega algo más: una serenidad aparentemente contradictoria que llena cada célula de mi cuerpo, eleva mi espíritu y me hace sentir más ligera e incluso alegre. Me pregunto si así se siente prepararse para morir.

Algo es distinto en mí; no estoy entrando en pánico. Me siento uno con mi pareja, ya que estamos juntos en esto, y esto es, al parecer, lo que se supone que debemos atravesar ahora mismo. Pienso en mi abuela, a quien aplastó un camión de carga que transportaba ataúdes, en mis pacientes que viven con cáncer terminal, en mi madre con artritis reumatoide y en los cafés vespertinos conmigo que nos faltaron; pienso en mi propia muerte, si es que está destinada a suceder al costado de esta carretera esta noche. En un momento eterno me doy cuenta de que todo es siempre perfecto tal como es, y que nuestra tarea es aprender a reconocer que ahora mismo estamos bien, e incluso en la muerte estamos bien. Ningún desenlace es el mejor desenlace. Si podemos dominar esta serenidad, esta ligereza, esta alegría, pase lo que pase, estamos bien.

Hay camiones detrás de nosotros que iluminan el camino, y podemos ver los carriles curvos de la carretera, y el acotamiento angosto bordeado de barandales curvos y señales amarillas de precaución en las curvas. Parece imposible orillarse. Los camiones nos rebasan y quedamos completamente a oscuras. Casi es luna nueva, así que en verdad está oscuro, y en la oscuridad casi puedo ver el pulso brillante de la sangre en mis venas. Regreso a la respiración. “Ahora mismo, estamos bien”, pienso, mientras esta sensación de calma se apodera de mí y mi pareja declara con decisión: “me voy a orillar ahora mismo”. “Sí, está bien, oríllate”, confirmo.

Miro hacia el costado del camino mientras él comienza a orillarse, y un camión distante comienza a iluminar suavemente el camino desde atrás. Y como si fuera una película de Disney, donde en tiempos antiguos el mundo estaba lleno de asombro y magia, los barandales terminan y se abre un camino de terracería. “¡Hay un camino de terracería! ¡Métete al camino de terracería!”, ordeno con emoción. Más adelante veo una sola farola solitaria, y una construcción de blocks, decorada enfáticamente con luces navideñas. Con certeza, sé que vamos a conseguir permiso para estacionarnos ahí y pasar la noche.

Empieza a hacer frío afuera. Mi pareja intenta encontrar un corto circuito o un fusible fundido sin éxito, mientras yo siento que, incluso en esta oscuridad, en este estar varados, no estamos solos. Insisto en que vayamos a la construcción de blocks, que resulta ser una parada recién establecida y aún sin señalización para camioneros, donde venden café, botanas, comidas, refrescos y curiosidades. Ahí nos recibe una joven amable, un poco a la defensiva. Le preguntamos si hay un teléfono que podamos usar, y nos confirma que no hay señal de celular en la zona. Rápidamente se muestra más cálida con nosotros. El pueblo más cercano está a 7 km, pero no hay nadie que pueda acompañarnos hasta allá. Aunque no hay comida preparada, nos ofrece té de manzanilla (justo lo que tomamos antes de dormir), y nos acomodamos alrededor de una mesa, donde la joven, Susana, pregunta si puede acompañarnos, y compartimos historias, anécdotas, y nos vamos conociendo. Pronto se une su compañero Gerardo, y pasamos varias horas agradables de conversación y tazas y tazas de té.

Ella le preguntó a su jefe, que vive en la parte de atrás, y recibimos permiso para estacionarnos bajo la farola y pasar la noche. Cuando vamos a mover la camper, no enciende. Pero logramos arrancarla empujándola y estacionarla donde nos indican. Hay un baño afuera de la construcción principal, y nos dan permiso de usarlo. Y, cuando empezamos a ver el vaho de nuestra respiración en el aire, nos preparamos para instalarnos y pasar nuestra primera noche en la camper.

Trabajamos con lo que tenemos. Nos quedan 2 sándwiches, que forman nuestra cena. Hay una cortina que cubre el cojín trasero y que se convierte en lo que será nuestra cama; esta cortina será nuestra cobija. Tenemos chamarras, bufanda, un par extra de calcetines, el chaleco acolchado, y nos tenemos el uno al otro. Mientras nos acurrucamos y nos envolvemos en lo que ya se ha convertido en nuestro hogar lejos de casa, estamos rebosantes de alegría y emoción. Estamos viviendo nuestro milagro mágico. Repasamos y nos contamos la escena una y otra y otra vez; fue como si se hubiera abierto otra dimensión para nosotros al orillarnos, y como si un oasis mágico hubiera surgido de la nada. Estamos agradecidos, y nos maravilla la vida, desbordantes de amor. Nos toma varias horas encontrar la posición correcta y acomodarnos para generar y mantener el mayor calor posible y así dormir lo suficientemente abrigados, y dormimos varias horas antes de que amanezca.

Todo se siente y se ve distinto con la luz del día. Hay un problema con el alternador, y el motor está bien. Arrancamos empujando y manejamos de regreso a casa, a unas dos horas de distancia, y cuando llegamos, nos sentimos completamente transformados.

Hay muchas historias que nos contamos, y muchas interpretaciones que colorean y tiñen los hechos de lo que realmente es. Nuestra percepción puede estar completamente cargada de juicio e incredulidad, de suposiciones y expectativas de cómo deberían ser las cosas y de cómo no queremos que sean, y sin embargo lo que es, simplemente es. A través del lente de mis historias, una vida dedicada a una misión desinteresada era una abominación, y sin embargo, al permitirme estar presente conmigo misma en ella, apareció algo más grande y más entero. Nada es como lo esperaríamos, sino excepcionalmente mejor. El equilibrio se ve y se siente distinto de lo que jamás imaginé.

A nuestra izquierda está nuestra compañera, la Muerte, y la Muerte nos hace una pregunta cada día: ¿estás usando bien el gran regalo de la vida? Y nuestra compañera a la derecha, el Destino, nos hace otra pregunta a cada edad: ¿estás haciendo aquello para lo que viniste?

— Angeles Arrien

La respuesta es un inquebrantable “sí, y sí”.

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