22 de julio, 2018

Reconocer nuestras proyecciones: en mi propia versión imaginada

Claiming Our Projections: In My Own Imagined Version

Algunos hemos escuchado el dicho: “no vemos las cosas como son; las vemos como somos” (anónimo). De manera inconsciente y por defecto, generalmente vemos, percibimos y evaluamos a través del lente de nuestra experiencia pasada. Al proceso de dar sentido a los episodios de nuestra vida le traemos nuestra historia, nuestras ideas preconcebidas, suposiciones, sospechas, sesgos, etcétera. Uno de los muchos beneficios del trabajo con sueños es que podemos practicar la autoconsciencia y la autorresponsabilidad en lo que respecta a nuestras proyecciones.

En el sentido más técnico, la proyección es nuestra tendencia a atribuir a otras personas los aspectos de nosotros mismos que no podemos ver, aceptar o tolerar –aquello en nosotros por lo que de algún modo nos sentimos amenazados, aquello que inconscientemente creemos que nos hace indignos de amor–. La proyección es un mecanismo de afrontamiento, una manera en que nos adaptamos a una incoherencia interna que causa incomodidad, conflicto, inseguridad o estrés, o en que la manejamos. La proyección también es defensiva, pues nos impide hacernos cargo de aquello en nosotros que nos causa angustia y resolverlo. Reconocemos estos rasgos, aspectos y actitudes en otra persona –externalizándolos– y asumimos que le pertenecen solo a ella, lo que nos libera de tener que reconocerlos y admitirlos en nosotros mismos. De este modo, nos defendemos de los aspectos problemáticos de nosotros mismos mientras defendemos algo que nos protege de nuestro dolor y que, irónicamente, nos mantiene en él.

Nuestras reacciones ante nuestras proyecciones externalizadas señalan todo lo que está inconcluso, sin integrar y sin sanar en nosotros. Otras personas, inocentes, a menudo cargan con nuestras proyecciones e incluso las asumen, aceptando la culpa de causar nuestro dolor. Esto facilita aún más una dinámica que nos mantiene en la negación de aquello que rechazamos con tanta vehemencia y de las maneras en que perpetuamos activamente nuestro dolor. La dinámica de nuestras proyecciones nos deja en una de dos posiciones: (a) el superior que se cree con la razón, o (b) el sufriente martirizado. No solo no estamos lidiando con emociones difíciles o exaltadas, ni con aspectos oscuros o luminosos de nosotros mismos que necesitan integrarse, sino que nos estamos manteniendo estancados y aislados.

No tenemos por qué sentirnos mal por esta tendencia a proyectar –en su mayoría, todos hemos sido condicionados para funcionar de esta manera–. A primera vista, la proyección hace que sea más fácil vivir con nosotros mismos, ya que toda la incomodidad de ser humanos la cargan por nosotros, sin saberlo, las distintas personas con las que nos encontramos y nos relacionamos todos los días. Una razón por la que queremos volvernos más conscientes y responsables de nuestro proyectar es que, si no lo revisamos, terminamos rodeados de todos los aspectos de nosotros mismos que no soportamos y que los demás nos reflejan, y así es más probable que nos volvamos críticos, irritables, intolerantes y resentidos. La proyección sin revisar deja poco espacio para el amor propio e interfiere gravemente con intercambios amorosos sanos, abiertos y genuinos.

En el trabajo con sueños, practicamos de manera consciente e intencional observar nuestras proyecciones y aprender de ellas. Imaginamos la experiencia del sueño y observamos qué sensaciones, sentimientos, asociaciones, incomodidades, juicios, historias y dramas surgen. La mayor parte de lo que surge en respuesta a un sueño es una proyección reveladora, con información delimitante de nuestra experiencia pasada o de una experiencia presente influida por el pasado. Despertar a esto nos ofrece la riquísima oportunidad de explorar nuestras suposiciones, actitudes y creencias inconscientes. Al prestar mucha atención a lo que surge, también podemos descubrir heridas sin sanar, deseos no cumplidos y asuntos sin resolver.

Cuando trabajamos nuestros sueños en grupo, nos beneficiamos de nuestras proyecciones de manera múltiple. Con tantas personas como estén trabajando los sueños juntas, no solo accedemos a muchas más capas de significado posible en un sueño, sino que también podemos trabajar y sanar cualquier material interno que surja en respuesta a cada proyección.

Todo lo que consideramos malo en la vida despierta es en realidad bueno cuando surge en los sueños o en el trabajo con sueños. Los sentimientos indeseados y las incomodidades, los pensamientos y comportamientos inapropiados o inaceptables, y el impulso de querer rechazar nuestro propio sueño o proyección, o los de alguien más, son las circunstancias más favorables, pues arrojan luz sobre aquello que está listo para salir a la superficie e integrarse.

Así que la próxima vez que algo nos moleste en nuestra propia versión imaginada de lo que está surgiendo, a través de nuestro sueño dormido o despierto o del de alguien más, reconozcámoslo como una invitación a volvernos conscientes de lo que está oculto para nosotros y quiere emerger. Preguntémonos qué es exactamente lo que nos repele o nos irrita y a qué apunta en nosotros. Escuchemos las historias que estamos creando en torno a lo que surge, y admitamos los miedos y las creencias limitantes que están listos para ser liberados. Permitamos este proceso y comprometámonos con él para que nuestras intenciones con el trabajo con sueños puedan cumplirse y podamos volvernos más sanos y enteros, para que podamos llevar al mundo de manera más activa esta autoconsciencia, esta autorresponsabilidad y el amor propio que de ellas resulta.

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